─Está atascada.
Mientras la lluvia le empapaba, Haritz intentó abrir la puerta de la chabola sin conseguirlo.
─Si me das un minuto, puedo conseguir una barra para hacer palanca.
La chica no contestó, pero sus ojos lo dijeron todo: Los niños se estaban calando hasta los huesos.
Aquella jovencita era muy intrigante y demasiado tímida. Evitaba constantemente el contacto con el resto de ciudadanos.
Haritz se sorprendió que acudiera a su chabola para pedirle ayuda.
No tendría más de veinte años y sin embargo, su mirada carecía de la juventud propia de su edad.
Su historia era triste, como la de casi todos en aquel lugar.
Llegó con tres niños cogidos de la mano.
Uno era su hermano.
Los otros dos, hijos de otro matrimonio.
Fueron atacados por un grupo de zombis mientras celebraban el cumpleaños de uno de los pequeños.
Sólo ellos sobrevivieron.
“Un milagro”, afirmaron los habitantes del asentamiento al ver por primera vez en meses a varios niños pequeños con vida.
Mentira.
No hubo ningún milagro.
Sólo ansias de vivir.
Durante meses se mantuvieron ocultos entre edificios en ruinas.
Guardando silencio.
Eludiendo a los monstruos.
Esquivando la muerte.
Por la noche ella buscaba comida.
No siempre había éxito.
Todo aquello pasó factura.
Los niños se convirtieron en cachorros asustadizos.
Sólo respondían a la llamada de su madre.
Después se fueron abriendo poco a poco.
Asumiendo su nueva situación.
Resultaba sorprendente verlos adaptarse y absorber como una esponja el caos y la violencia que les rodeaba.
Ella carecía de esa capacidad.
Se transformó de golpe en adulta y cogió lo peor de esa etapa de la vida.
Miedo.
Desconfianza.
Así que para ella fue un tremendo esfuerzo personarse en la cabaña de Haritz para pedirle ayuda.
Si por ella fuera, habría pasado la noche a la intemperie.
No sería la primera vez.
Pero los niños…
No pensaba dejar a los pequeños empaparse bajo aquella tormenta.
Y tampoco iba a permitir que durmieran en la casa de un desconocido.
Los desconocidos no eran de fiar.
─Vengo en un momento con la palanca. ─se detuvo. ─Disculpa… Tengo curiosidad… ¿Cómo te llamas?
La chica lo miró.
Sorpresa.
Vulnerabilidad.
Miedo.
Terror a lo desconocido.
A confiar en alguien y que luego le traicionara.
Como si el príncipe azul de sus sueños le propinara un puñetazo en la boca del estómago.
Agachó la cabeza, avergonzada.
─H… Haiz… Haizea.
─Bonito nombre.
─Bonito almacén, ¿eh, “maricona”?
Necro, le enseñó el interior del pabellón donde se guardaba toda la comida y los objetos que los recolectores capturaban en sus incursiones.
─Sí… Sí, señor… Es bonito.
─Pues quiero que lo cuides como si fuera el coño de tu novia: Te gusta que esté limpio cada vez que te metes en él y no dejas que ningún “capullo” se introduzca sin tu permiso. ¿Está claro?
─Sí, señor.
─¿Está claro? ─gritó.
─¡Sí, señor!
─Eso espero, porque sólo tú vas a entrar y salir de aquí y vas a llevar el control de toda la mercancía que llegue.
Miró a Haritz con sorna.
─¿Tu novia se follaba a todo el barrio? ─preguntó curioso.
─No... No, señor.
─¡Bah! ─escupió al suelo. ─Una estrecha. Todas lo son hasta que les das lo que quieren… Y por mucho que lo nieguen, lo que les gusta de verdad es esto.
Le entregó una gran linterna cilíndrica.
─Aquí tienes tu “polla”. No tenemos muchas como esa, así que cuídala. Si la rompes, estarás meando sangre durante una semana. ¿Queda claro?
─¡Sí, señor!
─Pues entonces no me jodas… ─alargó la última letra a propósito.
Haritz tuvo la sensación de encontrarse ante una enorme cobra de casi dos metros de alto.
─Te dejo “maricona”. Todo tuyo.
─Todo tuyo.
Haritz depositó en las manos de Haizea media docena de piruletas y unas gominolas envueltas en un trozo sucio de papel.
─Para los enanos. Le he pedido un favor al del racionamiento y…
Haizea cambió su expresión de agradecimiento. Conocía al odioso encargado del racionamiento. Era un cerdo al que sobornaba dejándole meter sus sucias manos bajo las bragas.
Así llenaba un poco más el plato de comida de los niños.
Así no debían esperar las largas colas.
Era humillante.
Odiaba a aquel pervertido.
La máxima ilusión de aquel hombre consistía en correrse el mayor número de veces al día. Haizea no comprendía como aún no se había quedado seco de tanto eyacular.
Pero los niños se merecían el esfuerzo.
Nunca les contó lo que hacía.
No quería que supieran hasta donde era capaz de llegar con tal de cuidarles.
No lo entenderían.
No a su tierna edad.
─¡No, “Hai”! No es lo que piensas. No soy como ese chaval que se dedica a… Bueno… A… Ya sabes, por un poco de comida… No… Al del racionamiento le gustan las revistas de… Bueno… ─se llevó las manos al pecho, simulando que tenía en par de enormes tetas. ─Conseguí esconder dos en la última incursión… Y bueno… Siempre es bonito ver a los niños felices… Y sabes que me gustas… Esto… Me gusta… Ayudarte…
Clavó los ojos en Haizea, que le mantuvo la mirada. Ella sonrió. No era habitual verla con esa expresión y cuando lo hacía su rostro se iluminaba de un modo radiante.
─Gracias. Los críos las disfrutarán. Déjaselas dentro de su “Centro de Mando”.
─¿Centro de Mando?
─Sí. Su guarida. ─señaló una gran caja de cartón, con una abertura haciendo las funciones de puerta. ─Ahí realizan a gritos sus planes “secretos” para extirpar a los zombis de la faz de la Tierra. Ten cuidado, porque tienen el suelo lleno de palos y “armas”, así que no tropieces y te hagas daño. ─suspiró. ─Algún día me gustaría darles algo mejor para que jugasen. No entiendo como esos enanos no se han roto todavía ningún hueso.
─¿Y dónde están ahora?
─No lo sé. Intento que me hagan caso, pero últimamente me ignoran. ─su mirada quedó perdida en la lejanía. ─Ahora entiendo a mis padres. No eran tan imbéciles como pensaba…
─Sé a lo que te refieres…
─Al llegar aquí, no dejaba a los niños alejarse ni cinco metros. Os tenía miedo… Estaba obsesionada con esos zombis. Como si cualquier persona pudiera contagiarse y… Bueno… Que entrara por la noche en la chabola y… Ya sabes lo que hacen con sus víctimas… Y todo lo que viene después…
─Sí. Lo he visto en algunas incursiones…
─Pero desde aquel día bajo la lluvia, cuando me ayudaste… No sé… Empecé a ver… Bueno… Esa noche los enanos se rieron un montón contigo y eso que yo te quería echar a patadas… Pero… Todo tomó un nuevo rumbo…
─Siempre me han gustado los críos.
─Por cierto. ─pareció encenderse como un árbol de Navidad. ─Yo también tengo una sorpresa para ti. Te la quería dar hace varios días, pero nunca he encontrado el momento adecuado. Ya sabes como son los enanos. Destrozan todo lo que tocan.
─¿En serio? ¿Y qué es?
─Lo dejé escondido dentro de la choza para que los críos no lo encontraran. Lo habría envuelto, pero el encargado del material estaba enfadado y no me dio periódicos viejos para envolverlo. Lo siento, pero tendrás que cerrar los ojos al entrar para no reventar la sorpresa.
─De acuerdo. ─respondió con una sonrisa.
Haritz pasó al interior con la mano de Haizea sobre su cara.
─No los abras hasta que te lo diga.
─Vale.
Comenzaron a escucharse una serie de ruidos.
─¡Oye!… Me lo acabas de prometer.
Haizea le sorprendió intentando abrir los ojos.
─¡Perdona! Es que todo es tan misterioso.
Los sonidos finalizaron.
─¿Ya?
Silencio.
─¿Haizea?
─Espera un momento. ¡Impaciente!…
Silencio.
─Un segundo… Otro… Y… ¡Ya!
Abrió los ojos ilusionado.
No esperaba encontrarse con aquello.
Haizea estaba desnuda.
─Gracias por hacerme la vida más feliz.
La presión comenzó a aumentar en el interior de su pantalón.
Se le estaba poniendo dura.
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