Aquella cosa era dura.
Resistente.
Cilíndrica.
Metálica.
Pesada.
Fría.
Y no se parecía en nada a una polla.
Haritz miró la linterna con curiosidad.
Dejó las comparaciones a un lado y empezó con su primer día de patrulla.
No iba a ser un trabajo fácil.
No después de haber tenido esa conversación privada con el “Contable”.
La conclusión que sacó de la entrevista fue muy sencilla: Si no protegía el almacén de los robos, su vida no valdría nada.
Literalmente.
Sencillo de decir.
Difícil de cumplir cuando todos los habitantes del asentamiento asaltarían aquel lugar por llevarse a la chabola unas pocas latas de comida.
Para comer.
Para traficar.
Hasta él lo había hecho en algún momento.
A veces, tras una incursión en los yermos paisajes infestados de zombis, conseguía escaquear alguna mercancía bajo la ropa.
Pero no siempre era suficiente.
El hambre era mal consejero.
Borró esos pensamientos de su cabeza.
Se armó de valor y comenzó a patrullar con todos los sentidos encendidos.
Su vida dependía de ello.
Y también su bienestar.
Aquella era una oportunidad única de formar parte del grupo de elegidos por el “Gran Jefe” y no pensaba fallar.
Le gustaba su nueva habitación.
Caliente y sin goteras.
Iluminó con la linterna las paredes del almacén y se imaginó el interior, con toneladas de comida, medicinas, combustible y miles de objetos de todo tipo.
El tesoro del “Contable”.
Un bien demasiado preciado para dejarlo a la vista del pueblo.
Una riqueza que se debía racionar de forma lógica para la supervivencia del asentamiento.
Recordó las palabras de “Necro” saliendo de su fea cara cortada: Ser vigilante es un trabajo muy peligroso.
Y era cierto.
Se dieron casos de ciudadanos hambrientos que habían asaltado el barracón y herido al guarda, para después huir lejos con las mochilas llenas.
La voz se fue corriendo y poco a poco, los robos y los ataques se fueron multiplicando.
Para frenar aquello se dispusieron penas para todo aquel que violase la seguridad del almacén. La primera medida que se aprobó fue la retirada temporal del documento de racionamiento.
La gente ignoró esa sanción.
Se podía conseguir alimento en el mercado negro.
Tras el fracaso de este primer intento, se aprobó el uso de la fuerza y se dio carta blanca a varios guardaespaldas del “Gran Jefe”, que ejecutaron la ley como consideraron oportuno.
Comenzaron los castigos físicos.
Muchas de aquellas palizas eran una farsa para satisfacer la sed de sangre de los gorilas, pero había que mantener el orden en el asentamiento y para ello nada mejor que aterrorizar al pueblo bajo el yugo de los golpes y la violencia.
Los hurtos continuaron y los ciudadanos cada vez estaban más descontentos con las leyes.
Por desgracia, aquella rabia contenida debía ser sacada de algún modo y los ladrones siempre se la cobraban con el más débil: El solitario guarda del almacén.
Hasta que un vigilante no pudo recuperarse de la paliza recibida y murió a manos de varios rateros, que se llevaron media docena de latas de conserva.
Aquella misma noche el “Contable” aprobó la pena máxima.
Solo hubo una ejecución.
No hicieron falta más.
Se llevó a cabo en un precario patíbulo delante de todos los ciudadanos, para dar ejemplo.
Dos machetazos acabaron con la vida de aquella mujer embarazada, que solo buscaba comida para alimentar a su bebé nonato.
El cadáver decapitado quedó expuesto en público hasta que el hedor de la carne putrefacta fue insoportable.
Sus restos fueron arrojados en cualquier lugar.
El castigo ejemplar consiguió su objetivo.
Los delitos cesaron de inmediato.
Mejor pasar hambre que perder la cabeza.
Tenía la cabeza perdida en miles de pensamientos cuando entró en su nueva habitación.
Tras la tétrica entrevista con el “Contable”, pensó que ser vigilante más que un trabajo, era una maldición.
Pero aquella visión le quitó todos los fantasmas de su cabeza.
Sobre el camastro había tirado un auténtico tesoro.
Ropa.
Nueva.
Abrigada.
Calzado a estrenar.
Y sobre la banqueta.
─¡Oh, Dios! ─exclamó.
Un plato de comida.
Caliente.
Lleno hasta rebosar.
Algo imposible de imaginar fuera de aquella mansión.
Al lado del plato, una pequeña lata de fruta en almíbar le hizo la boca agua.
Había una nota debajo.
Era de la chica que le enseñó su habitación.
“Espero que otra vez no te limites a mirar.”
Miró los alrededores del almacén.
Todo en calma.
Ya habían pasado cinco horas de su turno y aquello estaba como una balsa de aceite.
No era para tanto.
Y entonces ocurrió.
Un ruido.
En la parte trasera.
Había una ventana.
Problemas.
Fue corriendo.
Se acordó de la última persona que intentó robar.
De cómo la cabeza de la embarazada rodó por el suelo.
Y también recordó al encargado de vigilar el almacén cuando ocurrió aquel asalto nocturno.
Lo que le hicieron los gorilas por no cumplir con su trabajo.
Se quedó tuerto.
Su rodilla jamás se recuperó de los golpes.
Él no iba a permitir que le pasara lo mismo.
No iba a convertirse en la “maricona” de nadie.
Dirigió el haz de luz hacia la pared, justo en el momento que un cuerpo intentaba colarse por la ventana. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó asestando con la linterna un fuerte golpe en la espalda del ladrón, que se retorció por el impacto. Acto seguido tiró de él y lo lanzó contra el suelo, sujetándolo para que no escapara.
─¡Maldito cabrón! ─gritó enfurecido.
Ante el escándalo, dos gorilas aparecieron de inmediato, iluminando la escena con los rayos de sus linternas. Deberían estar durmiendo, pero su superior les habían doblado el turno por desobediencia. En sus caras aún se percibían las “caricias” por no cumplir las órdenes.
Al ver aquello sonrieron.
Ni en sus mejores sueños se hubieran imaginado algo así.
─Zer potroak?
─Betikoa ikusten ari zara ni?
─Ostia…
─Kabroia joan bedi!
─Hori neska bat da?
─Makera joan bedi!
─Puta horrek ez bizi da ondoan jan-zakila hasiberriaren?
─Bai, hura da… Hau xarmatzera doakio “Handi Nagusi”.
─Beharbada zigorra altxa dakigun.
─Berdin da… Nire aukera da birrindu izatera hasiberri hau.
─Eta eskatzen badiogu ipurdia lehertu utzi?
─Ideia txarra ez da hori.
─Zein eskatzen zara?
─Hasiberriaren. Nahi dut odola kaka egin dezala aste bat.
─¿Pero qué estáis diciendo? ¡Venid aquí y ayudadme! ─gritó Haritz.
Los gorilas sonrieron.
─¿Qué pasa novato? ¿No puedes encargarte de tu novia?
─¿Problemas de pareja?
Y entonces Haritz iluminó al ladrón con la linterna.
Era Haizea.
─¿Pero q…
─¡Qué pasa aquí!... ¡Qué han sido esos gritos! ─“Necro” irrumpió enfadado. ─¡Mas vale que merezca la pena hacerme perder mi tiempo!
─¡Señor! ─contestó uno de los gorilas cuadrándose. En su cara se percibía un peculiar placer. ─El novato ha sorprendido a una ciudadana intentando robar en el almacén, señor.
─¿Robar en el almacén? ¿Me estás vacilando?
─¡No, señor! El novato le puede informar de ello, señor.
─¿Novato? ─se giró con expresión de furia.
─Yo… Esto… No…
─Señor, es mi deber informarle que la ladrona vivía al lado del novato antes de que fuera trasladado aquí, señór. ─sonrió a Haritz enseñando los dientes en señal de victoria.
─¿Es eso cierto?
─Sí… Pero… Yo… No…
─¡Que me hables como un hombre!
─Se… Señor…
─¿Habías planeado el robo con tu amiguita?
─No… No sabía que… Iba… Iba a venir…
“Necro” clavó la mirada en Haritz durante unos segundos que se le hicieron eternos.
─Vaya… Interesante… No me mientes… Pero me das asco… Eres incapaz de defender a la mujer que te follas…
─Señor… Yo no me…
─¡Cierra la boca o te arranco la lengua!... Te quiero en tres minutos en la entrada del chalet, con esa zorra bien agarrada… ¡Tres minutos! ─se giró hacia los gorilas. ─Y a vosotros cotillas de mierda…
Los dos hombres se volvieron a cuadrar, orgullosos y sonrientes.
─…Os cuadriplico los turnos.
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