Eternamente bella (5 de 6)

-La Tiger Striped Desert Eagle: Un arma capaz de reducir a pulpa la cabeza de un ser humano con un solo balazo. En manos inexpertas es algo inservible, pero en las adecuadas… -se llevó la mano a la entrepierna en un claro gesto de comparación mientras sus ojos se perdían con descaro entre las generosas curvas del escote de Elina.
Ella le devolvió una mirada picante siguiéndole el juego.
Y es que a William Railing no le gustaba que le llevasen la contraria.
William empezó a destacar a la temprana edad de nueve años, resultando un pequeño genio de la informática. Con catorce años ya había montado tres empresas punteras del sector y al cumplir los diecinueve se apartó del mundo laboral, dedicándose a vivir de las rentas.
Ya no necesitaba molestarse en trabajar por el resto de su vida.
Las fiestas de alto standing, las montañas de Petrossian, los ríos de Dom Perignon y las kilométricas rayas de cocaína esnifadas mientras una aburrida modelo de pasarela cabalgaba sobre su miembro, se habían convertido en su quehacer diario.
Su imperio tecnológico le permitía vivir a todo lujo y despilfarrar auténticas fortunas en cosas realmente inútiles.
No había nada que no pudiera conseguir.
Y si existía, aumentaba el número de ceros del talón bancario hasta que aquello fuera de su propiedad.
Elina conocía el punto débil de su último amante y lo utilizaba en su beneficio.
Al igual que había usado a otros tantos estúpidos hombres en su vida.
Seres que en algún momento se habían imaginado los reyes del mundo.
El profesor estricto de la universidad que a todos los estudiantes suspendía. La cuna indestructible del saber humano que se derrumbaba en cuanto una lengua diestra le trabajaba los genitales.
El representante en la agencia de modelos. El eterno perdedor creyente de tener el poder en sus manos. El dictador de pacotilla que otorgaba los trabajos a dedo dependiendo del número de veces que se le hubiera dejado eyacular entre los pechos.
Hasta el inocentón de Kepa, su primer novio al que por un mínimo tiempo llegó a querer de corazón, pero que se enfadó cuando tras no poder exprimirle más, ella decidió marcharse del apartamento que compartían, buscando un futuro mejor.
La pobreza no estaba hecha para ella y el enamorado joven poco le podía ofrendar.
Al verla salir por la puerta, Kepa se sumió en los pozos más absurdos de la desesperación.
No debería haber suplicado.
No debería haber llorado como una mujerzuela barata.
No debería haber sido tan patético.
Y desde luego…
No debería haberla cogido con fuerza de la muñeca en un último intento desesperado por retenerla a su lado.
No debería haberle hecho daño.
No debería hacerle dejado marcas.
A Kepa se le abrieron los ojos como platos.
El afilado acero de una navaja le atravesó el bajo vientre siguiendo una trayectoria diagonal ascendente.
Sus intestinos estuvieron a punto de desparramarse por el suelo.
Y es que Elina aprendió mucho de su primer encontronazo.
Aitor.
El niño que la convirtió en la persona que ahora era y que la iluminó en la vida con las reglas básicas para sobrevivir en este mundo.
“Nunca hagas enfadar a un chico…”
“…Y si se enfada, esparce sus tripas antes de que te haga daño”.
Cuando Kepa cayó de rodillas intentando sujetar sus entrañas, Elina se dio cuenta del grave error que había cometido.
Podría acabar en la cárcel por aquella agresión.
Intentó respirar.
Buscó una solución.
Y entonces se calmó.
Aquel día aprendió a autolesionarse de forma convincente.
La posterior llamada de teléfono llorando y fingiendo haber sido atacada por su novio fue un mero trámite.
Era una especialista de las mentiras.
“Si mientes, jamás tendrás ningún problema”.
En el juicio no hubo lugar para la duda.
No obstante para no arriesgarse, ella decidió inclinar la balanza más a su favor realizando un trabajo de lo más fino al juez que llevaba el caso.
Si en algún momento la inocencia de Kepa le había hecho creer que era el rey de la casa, los cinco años y cinco meses que pasó en la cárcel le quitaron esa idea de la cabeza.
El juicio le reportó a Elina una buena cantidad de dinero, que aprovechó para aspirar a objetivos más altos.
Escalando poco a poco en la sociedad con artimañas cada vez más sucias, acabó poseyendo a William Railing, el estúpido millonario que no evolucionaba desde cumplió los doce años.
Un objetivo fácil.
Un pozo sin fondo del que extraer toda el agua que quisiera sin miedo a que se agotara.
-Me pone a cien verte con esa pistola… -dijo Elina adoptando sobre el sillón una clara postura sexual. -Con tus dos pistolas…
-¿Te gusta mi pistola? -respondió William con una sonrisa.
Ella se levantó y avanzó poco a poco con seguridad felina hacia su presa, contoneando las caderas de forma seductora.
-Gustarme es poco… Me encanta… Como ese collar de diamantes que vi al pasar por Christian Dior…
“Los hombres son capaces de soltar mucho dinero con tal de que les toques la cosa”.
Sujetó con suavidad la mano de William que empuñaba el arma y la metió bajo su minifalda.
Un suspiro de éxtasis surgió de entre los carnosos labios de Elina al notar el frío metal entre sus piernas.
Minutos después, el salón se había convertido en un campo de batalla lleno de juegos perversos y de movimientos obscenos que terminó de golpe cuando William disparó el arma que tenía entre sus piernas.

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